El inicio de 2026 dejó claro que en Querétaro no solo se discuten presupuestos, obras o cifras económicas. También se discute algo más básico: las prioridades políticas.
Mientras el estado arranca el año con anuncios de inversión, empleo y crecimiento, una parte de la oposición decidió mirar hacia otro continente para definir su agenda local. Y ahí empieza el contraste.
Querétaro volvió a aparecer en los encabezados nacionales por razones poco comunes en el México actual. Empresas tecnológicas de talla mundial siguen apostando por el estado. Centros de datos, empleos especializados y cadenas de valor que no llegan por casualidad. Llegan donde hay reglas claras, estabilidad y un gobierno que no espanta la inversión.
En un país donde el crecimiento económico se ha vuelto una promesa recurrente, Querétaro no promete tanto. Simplemente muestra resultados.
A esto se suma una recaudación sólida para 2026, proyectos de infraestructura en marcha y una política ambiental que busca cuidar lo que vale sin frenar lo que produce. Nada espectacular en el discurso, pero bastante efectivo en los hechos. Gobernar, al final, suele ser menos épico de lo que algunos imaginan.
El PAN gobierna el estado desde esa lógica. Puede gustar o no, pero ha construido una narrativa coherente con lo que ocurre en la realidad. Inversión, empleo, seguridad relativa y calidad de vida. No perfecta, pero consistente. Incluso cuando surgen problemas, como el transporte público o ciertos delitos, la discusión se mantiene en el terreno de la gestión y no en el de la ideología pura.
En medio de ese escenario aparece Morena con una decisión política llamativa. En lugar de centrar el debate en Querétaro, optó por defender públicamente a Nicolás Maduro. Manifestaciones, posicionamientos y discursos en nombre de la soberanía venezolana ocuparon el espacio que bien pudo haberse usado para hablar de movilidad, empleo o servicios públicos. Pero no. La prioridad fue Caracas.
El argumento es conocido. La no intervención, el respeto a la autodeterminación y la crítica al intervencionismo estadounidense. Principios históricos de la diplomacia mexicana que, en abstracto, suenan bien. El problema es cuando esos principios se aplican de forma selectiva y terminan sirviendo para justificar lo injustificable. Porque una cosa es defender la soberanía y otra muy distinta es llamar democracia a un régimen que destruyó sus propias instituciones.
La ironía es difícil de ignorar. Mientras miles de queretanos se preguntan si habrá más empleo, mejores vialidades o transporte más eficiente, la dirigencia local de Morena parece preocupada por la situación legal de un líder extranjero señalado por autoritarismo y vínculos criminales. Un ejercicio de empatía internacional que no siempre encuentra eco en la vida cotidiana.
Defender a Maduro no solo es políticamente costoso, también es estratégicamente torpe. Daña la relación con Estados Unidos, principal socio comercial de México, y coloca a Morena en una posición incómoda frente a una opinión pública cada vez menos dispuesta a romantizar dictaduras ajenas. La solidaridad ideológica suele ser muy generosa cuando se ejerce a miles de kilómetros de distancia.
En Querétaro el efecto es todavía más claro. El PAN aprovecha el momento para reforzar un discurso sencillo. Aquí se trabaja, aquí se invierte y aquí se gobierna. Morena, en cambio, aparece atrapado en una narrativa que poco conecta con las preocupaciones locales. No es que la política internacional no importe, pero difícilmente encabeza la lista de prioridades de quien usa transporte público o busca empleo.
Esto no significa que el gobierno estatal esté libre de críticas. El crecimiento urbano ha presionado los servicios, el transporte sigue siendo un reto y hay temas sociales que requieren atención urgente. Pero incluso esas críticas se dan dentro de un marco de gobernabilidad. No se discute si Querétaro es viable, sino cómo hacerlo funcionar mejor.
Ahí radica la diferencia. Una cosa es debatir políticas públicas y otra es pelear batallas simbólicas. En este arranque de año el PAN aparece en el primer terreno. Morena, voluntariamente, se colocó en el segundo. Y en política, las batallas simbólicas suelen ser las más ruidosas, pero no siempre las más rentables.
Con el proceso electoral de 2027 en el horizonte, este contraste debería prender algunas alertas. El electorado queretano ha mostrado históricamente una inclinación pragmática. Premia resultados, castiga improvisaciones y observa con recelo los discursos que parecen desconectados de la realidad local. Defender a un régimen extranjero puede ser ideológicamente coherente para algunos, pero electoralmente es un lujo difícil de pagar.
Al final la pregunta es sencilla. ¿Quién está hablando de Querétaro y quién está hablando de todo menos de Querétaro?
En estos primeros días de 2026 la respuesta parece clara. Mientras unos presumen inversiones y empleos, otros defienden causas lejanas con mucha convicción y poca utilidad práctica.
La política no siempre castiga las ideas, pero casi siempre castiga las prioridades mal elegidas. Y en Querétaro, al menos por ahora, la agenda local pesa más que cualquier consigna importada.