El discurso pronunciado por Claudia Sheinbaum el 31 de mayo fue otro ejercicio de cinismo narrativo característico de la Cuarta Transformación: impecable para fabricar culpables externos, pero incapaz de asumir responsabilidad por sus propios errores.
A casi ocho años del inicio de los gobiernos de Morena, el guion sigue siendo el mismo de siempre: el pasado es el culpable eterno, los adversarios forman parte de una conspiración permanente, las críticas son “ataques al pueblo” y cualquier exigencia de resultados se responde con una arenga de soberanía o con el comodín de “el pueblo ya decidió”. Pero el tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a los grandes fabricantes de relatos. Y la narrativa de la 4T ya empieza a oler a rancio.
Sheinbaum volvió a vender el triunfo electoral como un cheque en blanco indefinido. Error garrafal. Las urnas otorgan permiso para gobernar, no un certificado de infalibilidad. Utilizar los votos como escudo para evitar la rendición de cuentas no es defender la democracia: es degradarla hasta convertirla en un plebiscito permanente sobre la supuesta infalibilidad de la líder.
La estrategia ya es descarada: cualquier crítica al gobierno se convierte automáticamente en un agravio al pueblo. Cuestionas una política fallida y eres enemigo de la transformación. Señalas corrupción y eres defensor de los “fifís”. Exiges resultados y te llaman conservador retrógrado. Es un truco barato, muy útil para mantener movilizada a la militancia, pero profundamente perjudicial para gobernar un país real.
Y luego está el abuso del símbolo. Ser la primera mujer presidenta es un hecho histórico y merece respeto. Lo que no merece respeto es convertir ese hito en un escudo permanente contra cualquier cuestionamiento. La historia anotará que Claudia Sheinbaum fue la primera; las mujeres mexicanas recordarán si durante su gobierno vivieron con menos miedo, tuvieron más oportunidades reales o siguieron siendo asesinadas con la misma impunidad de siempre. El símbolo es importante; la realidad, cruel.
En el tema de la soberanía, la hipocresía es monumental. El gobierno se rasga las vestiduras ante cualquier comentario proveniente de Washington, pero guarda un silencio inquietante cuando regiones enteras del país están gobernadas de facto por el crimen organizado. ¿Esa también es soberanía, presidenta? ¿O solo es soberanía cuando se trata de gritarle al vecino del norte?
Lo más revelador es que, después de tantos años, siguen gobernando como si acabaran de llegar. Todavía hablan del “neoliberalismo” como si fuera un fantasma que los saboteara desde el más allá. ¿En qué momento los problemas de México dejarán de ser herencia del pasado y empezarán a ser responsabilidad exclusiva de la 4T? ¿Nunca? ¿Esa es la jugada?
La corrupción es otro capítulo bochornoso. Morena construyó gran parte de su legitimidad sobre la promesa de erradicarla. Hoy su argumento parece reducirse a una afirmación tan simple como insuficiente: “somos honestos porque lo decimos”. Punto. Sin transparencia real, sin contrapesos efectivos y sin auditorías verdaderamente independientes. La confianza ciega nunca ha sido un mecanismo anticorrupción; históricamente ha sido el terreno más fértil para que la corrupción prospere con mayor comodidad.
En economía ocurre algo similar. Se celebran cifras macroeconómicas mientras millones de personas siguen contando los centavos para llegar a fin de mes. Ellos presumen récords estadísticos. La gente enfrenta aumentos en alimentos, medicamentos y servicios básicos. Son dos realidades paralelas. Y cuando la distancia entre ambas es tan grande, la narrativa económica deja de ser diagnóstico para convertirse en propaganda.
Los programas sociales son la joya de la corona de esa lógica política. Cualquier cuestionamiento a su diseño, costo o sostenibilidad es presentado como un ataque a los pobres. Falso. El debate no es si el Estado debe ayudar a quienes más lo necesitan. El debate es por qué, después de tantos años y tantos miles de millones de pesos invertidos, la principal estrategia sigue siendo la transferencia permanente de recursos en lugar de generar condiciones para una movilidad social duradera. Porque la dependencia política produce gratitud electoral. Y eso, al final, parece ser lo que más les importa.
En salud, la distancia entre el discurso y los hechos resulta obscena. Se pueden ofrecer todas las mañaneras que se quieran, pero para el paciente que no encuentra medicamentos o espera meses para una consulta, los discursos son irrelevantes frente a su realidad cotidiana.
Y cuando todo comienza a desmoronarse —las cifras, los servicios públicos o la percepción ciudadana—, inevitablemente aparece un nuevo culpable perfecto: los medios, la oposición, los conservadores, los poderes fácticos o los traidores a la patria. Cualquier cosa antes que mirar al espejo y reconocer que quizá, solo quizá, parte del problema radica en las decisiones que ellos mismos han tomado.
La gran ironía es contundente: Morena llegó al poder prometiendo acabar con las excusas. Hoy gobierna alimentándose casi exclusivamente de ellas.
La Cuarta Transformación denunció durante años que el poder vivía desconectado del país real. Ocho años después, el riesgo es que termine exactamente igual: enamorada de su propio relato, ciega ante los hechos y convencida de que repetir la misma historia una y otra vez basta para transformar a México.
Los gobiernos pueden ganar elecciones con cuentos. Pero al final siempre los juzga aquello que no admite propaganda ni maquillaje: los resultados. Y los resultados, señora presidenta, son los que terminan cobrando la factura.
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