martes, 13 de octubre de 2026
La tragedia de enfermarse en México
martes, 6 de octubre de 2026
La política de llegar tarde: una piedra en el camino de la coordinación
La controversia por la Academia Internacional de Capacitación Policial de Querétaro parece nacer de la manera en la que Claudia Sheinbaum y su gobierno decidieron abordar el tema.
¿Por qué incitar a un debate sobre si México debe cooperar con Estados Unidos en materia de seguridad? México ya lo hace. Querétaro también, desde hace años. Lo verdaderamente revelador es cómo una cooperación que lleva tiempo construyéndose terminó convertida en un conflicto político entre el Gobierno federal y un gobernador estatal de oposición y, además, no cualquier gobernador: Mauricio Kuri ha sido durante todo su gobierno uno de los mejor evaluados del país. ¿Será precisamente por eso que la presidenta decidió apuntar contra el gobernador de Querétaro y el embajador de Estados Unidos para encajar dentro de su narrativa de soberanía contra el injerencismo del exterior?
La presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó que Mauricio Kuri colocara, junto con el embajador estadounidense Ronald Johnson, la primera piedra de la academia sin que, según la postura federal, se hubieran cumplido previamente todos los procedimientos de coordinación en materia de seguridad. Posteriormente, la Secretaría de Relaciones Exteriores señaló que el proyecto debía pasar por el Grupo de Alto Nivel de Seguridad.
Si ese es el procedimiento, debe cumplirse. Punto. La cooperación internacional en materia de seguridad no puede desarrollarse al margen de las instituciones mexicanas, y nadie debería pretender que la supervisión federal es un obstáculo cuando lo que está en juego es la seguridad nacional.
Pero precisamente por eso resulta inevitable hacer otra pregunta: ¿por qué el Gobierno federal esperó hasta que la primera piedra estuvo colocada para hacer pública su objeción?
Querétaro informó a la Cancillería sobre la visita del embajador. El oficio fue enviado el 23 de septiembre y recibido por la SRE el 25. La visita ocurrió el 2 de octubre. Es cierto que la discusión puede centrarse en si esa comunicación explicó con suficiente claridad el alcance de la academia. La propia Cancillería sostiene que no fue presentada como un mecanismo formal de cooperación internacional en materia de seguridad. Eso tendrá que aclararse documentalmente.
Lo que no deja de llamar la atención es que, si existía un procedimiento que debía cumplirse, nadie haya detenido el proceso antes de que el gobernador y el embajador aparecieran públicamente colocando la primera piedra.
Ahí está el verdadero problema.
La responsabilidad y eficiencia para gobernar significan anticiparse, actuar antes de que ocurran los conflictos y no hacerlos más grandes. Coordinar no es aparecer después para señalar que algo debió hacerse de otra manera. Una administración eficiente debería detectar el problema antes de que llegue al escenario público, especialmente cuando se trata de un proyecto relacionado con seguridad y cooperación internacional.
La academia no apareció de la noche a la mañana. Hay una inversión, una ubicación, un proyecto, gestiones previas y una relación de cooperación que lleva años construyéndose. No estamos hablando de una ocurrencia surgida la semana pasada. Entonces resulta legítimo preguntarse si el problema fue realmente la falta de comunicación o si el problema fue que nadie dentro de la estructura federal tomó la decisión de actuar a tiempo.
La Federación conocía la visita del embajador y consideraba que el proyecto requería una ruta institucional diferente. Tenía una oportunidad evidente para intervenir antes del acto público. No lo hizo.
Las instituciones del Gobierno federal sí fueron convocadas al evento. Ahí se encontraban representantes de la SEDENA, la Guardia Nacional y la FGR. La protesta de la presidenta llega mal y tarde. ¿Por qué nadie le informó adecuadamente de lo que se trataba? Después suele pasar que intentan recuperar el control de la situación mediante el discurso político. Eso es precisamente lo que debería evitarse.
Mauricio Kuri tampoco necesita convertir esta controversia en una guerra contra Claudia Sheinbaum. Sería un error. Su posición más sólida es mucho más sencilla: defender el proyecto, transparentar sus alcances y cumplir las reglas federales que correspondan. Puede aceptar la supervisión institucional sin aceptar que la cooperación internacional para fortalecer a los policías mexicanos sea presentada como una amenaza a la soberanía.
Porque, hasta donde se conoce, la academia no pretende sustituir a la Federación, crear una fuerza estadounidense en territorio mexicano ni entregar a otro país el control de la seguridad de Querétaro. Su objetivo es capacitar y profesionalizar policías mediante cooperación internacional.
México coopera con Estados Unidos en materia de seguridad desde hace años. La discusión razonable no es si debe existir cooperación, sino bajo qué condiciones, con qué controles y con qué objetivos. Si la academia requiere ajustes, que se hagan. Si necesita autorización o supervisión federal, que se cumpla. Si los convenios deben transparentarse, que se transparenten.
Lo que resulta difícil justificar es que una iniciativa para fortalecer capacidades policiales sea convertida automáticamente en una disputa partidista.
México enfrenta organizaciones criminales cada vez más sofisticadas, con mayor capacidad financiera, tecnológica y operativa. Frente a eso, profesionalizar policías, intercambiar conocimiento y fortalecer instituciones debería ser una prioridad. La cooperación internacional no puede ser buena cuando la promueve la Federación y convertirse en sospechosa cuando la impulsa un gobierno estatal.
Si el gobierno de Morena intenta presentar la academia como una especie de cesión de soberanía a Estados Unidos, también tendrá que explicar cómo encaja esa narrativa con la larga historia de cooperación bilateral en seguridad. Si, en cambio, reconoce que la iniciativa puede ser útil, pero exige que se someta a las reglas federales, entonces la discusión puede regresar al terreno institucional, donde debería haber estado desde el principio.
Claro que, en el terreno de las contiendas políticas, el oportunismo es la moneda de cambio. Ni tardos ni perezosos, los militantes de ese partido en Querétaro, como Santiago Nieto y Gilberto Herrera, entre otros personajes, hicieron sendas publicaciones atacando al gobernador de Querétaro, acusándolo de entreguista y traidor a la patria. En fin, que para algunos, con tal de sacar raja política, la vileza puede brotar sin pudor.
Para Claudia Sheinbaum también existe una oportunidad.
Puede utilizar este episodio para demostrar quién controla la política exterior y marcar distancia con un gobernador panista. O puede hacer algo mucho más útil: establecer las reglas, garantizar la supervisión federal y permitir que un proyecto potencialmente importante continúe bajo el marco jurídico correspondiente.
La segunda opción sería políticamente más inteligente.
Porque si la academia funciona, Querétaro podrá demostrar que es capaz de convertirse en referente nacional de profesionalización policial. Y si el Gobierno federal participa en su consolidación, podrá demostrar que su intervención no consistió en frenar una iniciativa, sino en garantizar que la cooperación internacional se desarrollara correctamente.
De esa forma todos ganamos.
Los únicos que perderían serían quienes necesitan una confrontación permanente para convertir cada diferencia institucional en una batalla entre partidos.
La ciudadanía, en realidad, tiene poco interés en saber quién tuvo la última palabra en esta discusión. Quiere policías mejor preparados, más inteligencia, mejor tecnología, instituciones más profesionales y mayor capacidad para enfrentar al crimen.
Por eso la política de llegar tarde resulta tan costosa. Primero permite que un proyecto avance sin que todas las instituciones parezcan estar alineadas; después convierte las diferencias en una disputa pública y, finalmente, obliga a los ciudadanos a escuchar una discusión que pudo haberse resuelto antes de que hubiera cámaras, discursos y titulares.
La primera piedra ya está puesta. Ahora corresponde hacer algo mucho más difícil que colocarla: construir.
Construir significa cumplir las reglas, corregir lo que deba corregirse, transparentar los convenios y definir con precisión el papel de cada institución. Kuri debe demostrar que su proyecto puede avanzar con plena legalidad. Sheinbaum debe demostrar que la supervisión federal puede ejercerse sin convertirla en confrontación política.
La ciudadanía no necesita otra batalla entre PAN y Morena. Necesita que las instituciones dejen de utilizar la seguridad como escenario de confrontación política y empiecen a tratarla como lo que es: un problema que afecta todos los días a personas reales.
Y los ciudadanos debemos exigir que ninguno de los dos convierta este episodio en otro pleito partidista sin consecuencias. No necesitamos saber quién colocó primero la piedra ni quién tuvo la última palabra. Necesitamos policías que sepan hacer su trabajo, instituciones que respondan a tiempo y gobiernos capaces de resolver antes de que los problemas lleguen a las cámaras.
La discusión política puede continuar todo lo que quieran. Pero la ciudadanía tiene derecho a exigir algo más: que, esta vez, la seguridad avance más rápido que las disputas.
martes, 29 de septiembre de 2026
La política del reciclaje: Cambiar de partido no es cambiar Querétaro
martes, 22 de septiembre de 2026
¿Soberanía, para quién?
martes, 15 de septiembre de 2026
México no es el gobierno
martes, 8 de septiembre de 2026
Querétaro pone el ejemplo
martes, 1 de septiembre de 2026
Santiago Nieto: del expediente a la boleta
martes, 25 de agosto de 2026
Querétaro busca cerrar la puerta a narcocandidatos
Mauricio Kuri González, gobernador de Querétaro, ha decidido hacer algo que a buena parte de la clase política mexicana le resulta incómodo: exigir que quien aspire a un cargo de elección popular demuestre, con hechos verificables y públicos, que no tiene nada que ocultar.
martes, 11 de agosto de 2026
Del Paso de Cortés al Paso de los Pueblos indígenas, o reflejar a quién veneras
El oficialismo en México parece empeñado en reescribir la identidad mexicana a machetazos de símbolos.
Por un lado, Morena ha cuestionado o desplazado referentes de la herencia hispánica: Andrés López Obrador exigió a España y al papa pedir perdón por la Conquista; se retiró la estatua de Cristóbal Colón; el 12 de octubre pasó de “Día de la Raza” a “Día de la Nación Pluricultural” y después a “Día de la Resistencia Indígena”; la caída de Tenochtitlan se convirtió oficialmente en “500 años de Resistencia Indígena” y ahora hasta al histórico Paso de Cortés le pretenden cambiar el nombre a “Paso de los Pueblos Indígenas”.
Por otra parte, Morena y sus aliados han incorporado cada vez más símbolos indígenas a la liturgia del poder: López recibió el Bastón de Mando y arrancó el Tren Maya con una ceremonia a la Madre Tierra; Sheinbaum recibió el suyo tras una ceremonia de purificación en el Templo Mayor, con copal, rezos y referencias a los cuatro rumbos; y hasta la nueva Suprema Corte recibió bastones de mando y adoptó simbología de raíz náhuatl.
Reivindicar a los pueblos indígenas es perfectamente legítimo. Lo curioso es la asimetría: mientras unos símbolos se reivindican como identidad nacional, otros se presentan casi como si fueran piezas incómodas del museo del Holocausto, incurriendo en dos falacias que no permiten aprender correctamente de nuestra propia historia: por una parte, romantizar el pasado y las culturas prehispánicas y, por la otra, demonizar a la hispanidad y los periodos del descubrimiento, la Conquista y el periodo colonial, cometiendo en ambos casos también un error grave: juzgar al pasado con los valores actuales.
Y por ello quisiera proponer algunas preguntas: ¿Por qué y para qué los gobiernos de Morena incitan al sentimiento de odio o rechazo hacia la hispanidad, el odio a los gachupines? (Por cierto, hacen lo mismo con los “gringos” y muchos otros grupos, con los que hasta les inventan apodos: “whitexicans”, “fifís”, “fachos”, “aspiracionistas”, entre otros). Y, en sentido opuesto, ¿fomentan adoptar la identidad y la ideología indigenista en una sociedad que es 90 % mestiza? ¿En verdad los líderes de ese movimiento se sienten tan identificados con las culturas prehispánicas y con los “pueblos indígenas”? El expresidente Andrés López proviene de una familia mestiza, al igual que la mayoría de los mexicanos; sus abuelos provenían de España, de Asturias y Cantabria. También los abuelos paternos y maternos de la presidenta Sheinbaum fueron migrantes judíos asquenazíes y sefardíes provenientes de Lituania y de Bulgaria.
No me malinterpreten: es tan mexicano un pálido pelirrojo boxeador como un atlético goleador de piel oscura como el ébano; es tan mexicano quien nació en la selva lacandona como quien llegó de las estepas siberianas, si adquiere la nacionalidad y aporta el esfuerzo de su vida a nuestro país por decisión. Ni nuestros orígenes étnicos ni el lugar del cual provenimos determinan nuestra mexicanidad y, como decía Chavela Vargas, “los mexicanos nacemos donde se nos dé nuestra rechingada gana”.
Pero tengo una hipótesis:
El “Movimiento Regeneración Nacional” y sus aliados, que en conjunto, de forma delirante, se autonombran “Cuarta Transformación”, son un grupo político cuya narrativa se fundamenta en promover el resentimiento por medio del engaño. Sus cuentos van dirigidos a las personas más vulnerables, a quienes se encuentran en condición de pobreza o pobreza extrema, y no solamente en lo que se refiere a la escasez de condiciones de calidad de vida y de recursos económicos, sino a las carencias en su educación y valores; en ese grupo también se encuentra una gran cantidad de personas de todas las categorías sociales en México.
No afirmo que los militantes de “la Cuarta” se crean sus propios cuentos y en verdad se sientan arraigados a las raíces indígenas, y que se propongan ser los héroes reivindicadores de la historia y culturas prehispánicas, o que se sientan muchos de ellos desafortunados por no tener la piel morena, como el nombre de su partido, que hasta en eso hay un tufo a demagogia. Esos mismos que se apropian de costumbres, símbolos y rituales prehispánicos, que a conveniencia lo mismo se envuelven en una imagen de la Virgen de Guadalupe que se cuelgan penachos, collares, flores y hasta panes; que hacen ceremonias a la Madre Tierra con sonidos de tambores de tronco y caracoles marinos, rodeados de hierbas y humo; ahora que ya les hizo justicia la revolución y que acumulan fortunas inexplicables, se vuelven frecuentes viajeros de clase premier y hasta residentes en Estados Unidos y Europa, son clientes de los restaurantes más lujosos, aficionados a las marcas de ropa y joyería más exclusivas. Bueno, son el póster de la prepotencia que, desde el poder, abusa de los más débiles y que le gusta ver a los demás agachados para que les lustren los zapatos, y son proclives a tales excesos en los banquetes que organizan, que harían ruborizar al mismo Luis XV, porque eso del izquierdismo y la austeridad republicana que tanto promulgan está muy bien, pero solamente en los bueyes de mi compadre.
Lo que creo que está detrás de este falso “orgullo” indigenista es el intento de utilizar todos los recursos del gobierno para adoctrinar a la población en la idea maniquea de que todo lo originario, lo prehispánico y lo indígena es lo bueno; en oposición, todo lo que llega del exterior, todo lo que no acepta las costumbres y la certeza de que ellos, y solo ellos, que son los héroes que ponen primero a los pobres y desvalidos, los defensores de las víctimas y los oprimidos, son los únicos que tienen autoridad moral y, por supuesto, siempre la razón; por lo tanto, como ellos son la encarnación del “pueblo” y como solamente el poder puede provenir del pueblo, pues lógicamente ellos deben tener TODO el poder y NADIE puede cuestionarlos.
La ruin intención de esa manipulación sería además de facilitar el despojo de los recursos de la nación; también arrebatar a una gran parte de la población, o a la mayoría, si lo consiguen, una gran parte de su identidad mexicana que es tan fundamental e importante como la prehispánica; es robarle a la mexicanidad su herencia occidental, robar esa parte de su riqueza cultural, histórica y, algo todavía más peligroso aún, de sus valores.
Como si el ser mexicano no fuera resultado también de siglos de una amalgama cultural que se forjó durante la época colonial y que también forma parte irreversiblemente de nuestro ADN cultural y de nuestro inconsciente colectivo, como afirmaría Carl Jung.
Todo aquello de lo cual presumimos ante el mundo como mexicanidad, nuestra música, nuestra comida, la arquitectura, nuestra literatura, nuestras tradiciones, nuestra religión, todo es una mezcla de ambos orígenes. No somos ni mexicas (o aztecas, como incorrectamente muchos dicen) ni tampoco españoles; somos mexicanos, somos resultado del mestizaje de ambos y también de las aportaciones de muchas otras culturas que han enriquecido la nuestra desde todas las latitudes. Somos también hijos de las culturas griega y latina, de los árabes, asiáticos, africanos y, por geografía, historia y vecindad, también norteamericanos.
La cultura occidental no es una raza ni una identidad exclusivamente europea: es una tradición histórica construida durante milenios a partir de Grecia, Roma, el cristianismo y la tradición europea, transformada después por el Renacimiento, la Ilustración, la ciencia y la modernidad.
De Grecia heredó la filosofía, la lógica, la democracia y la búsqueda racional del conocimiento; de Roma, el derecho, la ciudadanía y las instituciones; del cristianismo, ideas como la dignidad de la persona, la responsabilidad moral y la igualdad espiritual; y de la modernidad, la libertad individual, el Estado de derecho, la separación de poderes, el pluralismo, la secularización, los derechos humanos, la ciencia y la idea de progreso.
México forma parte de Occidente, aunque tenga una extraordinaria herencia indígena. El español, el derecho, las instituciones, el cristianismo, las universidades, la literatura, la arquitectura y buena parte de nuestra cultura son también herencia hispánica.
Por eso, reducir nuestra identidad a “indígena bueno” frente a “español malo” no es historia: es simplificación política.
México es indígena, hispánico, mestizo, americano y occidental. Reconocer una raíz no obliga a borrar las demás. Precisamente, Occidente se ha construido mediante encuentros, mezclas, conflictos, críticas y nuestras verdaderas transformaciones. Nuestra identidad también.
La cultura occidental que los gobiernos de Morena pretenden desplazar contiene principios y valores que favorecen el desarrollo individual: responsabilidad, propósito, disciplina, aprendizaje, pensamiento constructivo, autodominio, acción, integridad, resiliencia y generación de valor.
Estos principios hacen a las personas más capaces, autónomas y libres: les permiten adquirir conocimiento, desarrollar habilidades, mejorar sus oportunidades y elevar su calidad de vida.
El problema para gobiernos que buscan controlar a la sociedad es precisamente ese: una población autónoma, educada, crítica y económicamente independiente es mucho más difícil de manipular y someter.
Por eso, desde esta perspectiva, la izquierda fomenta los principios contrarios: victimismo en lugar de responsabilidad, vacío en lugar de propósito, desorientación en lugar de metas, indolencia en lugar de disciplina, estancamiento en lugar de aprendizaje, derrotismo en lugar de mentalidad constructiva, impulsividad en lugar de autodominio, procrastinación en lugar de acción, egoísmo en lugar de solidaridad, explotación en lugar de generación de valor, hipocresía en lugar de integridad, rigidez en lugar de adaptabilidad y resentimiento en lugar de resiliencia.
En síntesis: autonomía frente a dependencia; conocimiento frente a ignorancia; responsabilidad frente a victimismo; acción frente a pasividad; libertad frente a control.
Citando a la presidenta Sheinbaum, quien dijo: “Quien se molesta venera a Hernán Cortés”, seguido de una diatriba ya preparada para denigrar al personaje histórico, evidentemente es otra falsedad parte de su discurso. A los personajes históricos no se les venera, se les conoce y se aprende de lo que significaron sus acciones desde la verdad y la objetividad. Resulta irónico que un personaje sea tan vilipendiado por alguien que lo hace, que gobierna y habita en el palacio que el mismo Cortés construyó.
Venerar significa respetar a una persona o cosa en el grado más alto debido a su dignidad, grandes virtudes o santidad. Si eso aplicara desde la visión de su grupo político, las calles serían renombradas y los monumentos construidos para Marx, Lenin, Stalin, Mao, el Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez y, para ella principalmente, Andrés López Obrador.