Querétaro vive uno de los mejores momentos económicos de su historia reciente.
Mientras gran parte del país enfrenta dificultades para atraer nuevas inversiones, la entidad continúa consolidándose como uno de los destinos más competitivos de México. Los datos son contundentes: durante el primer trimestre de 2026, Querétaro captó más de 456 millones de dólares en Inversión Extranjera Directa, con un crecimiento superior al 50 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. La inversión estadounidense aumentó más de 160 por ciento y hoy representa cerca de dos terceras partes del capital extranjero que llega al estado.
Y eso no es por casualidad. Por supuesto, la ubicación y las condiciones geográficas ayudan, pero la razón más importante es que el estado ha logrado consolidar, durante décadas, un modelo que ha permitido mantener la seguridad, la estabilidad institucional, la disponibilidad de talento especializado y un ecosistema industrial desarrollado, lo que ha convertido a Querétaro en una referencia nacional en competitividad.
Además, la entidad ha sabido aprovechar las oportunidades del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, el fenómeno del nearshoring y la creciente demanda global de manufactura avanzada y servicios tecnológicos.
Sin embargo, detrás de estas cifras alentadoras comienza a aparecer una preocupación que podría definir el futuro económico del estado en los próximos años.
La energía eléctrica.
Paradójicamente, el principal desafío para Querétaro no está en la capacidad de atraer inversiones, sino en la capacidad de suministrar la energía que esas inversiones requieren para operar y crecer.
Los recientes apagones, las variaciones de voltaje y las advertencias del sector empresarial han puesto sobre la mesa un problema que durante años fue minimizado: la infraestructura energética nacional no está creciendo al mismo ritmo que la economía.
Y aquí la discusión deja de ser técnica para convertirse en política.
Durante los gobiernos de Morena, la política energética se concentró en fortalecer a la Comisión Federal de Electricidad bajo el argumento de recuperar la soberanía energética del país. Ese objetivo ideológico terminó desplazando una discusión más importante: cómo garantizar la capacidad eléctrica que México necesita para aprovechar la mayor oportunidad de inversión de las últimas décadas.
En contrasentido a lo que ocurría en el mundo, que aceleraba inversiones en generación, transmisión y energías renovables, en México se cancelaron subastas eléctricas, se frenaron proyectos privados y se privilegiaron decisiones orientadas más por criterios ideológicos que por necesidades de crecimiento económico.
La discusión se centró en quién debía producir la energía, cuando la verdadera pregunta era si existiría suficiente energía para sostener el crecimiento futuro.
El resultado ya es visible.
México enfrenta crecientes presiones sobre su sistema eléctrico. Las redes de transmisión muestran rezagos, la demanda crece más rápido que la infraestructura disponible y cada vez son más frecuentes las alertas sobre la necesidad de ampliar la capacidad energética del país.
Las consecuencias han dejado de ser hipotéticas.
Empresas que buscan instalar nuevas operaciones preguntan primero por la disponibilidad de energía antes que por incentivos fiscales. Los inversionistas evalúan la confiabilidad del suministro eléctrico con el mismo nivel de importancia que la seguridad jurídica o la disponibilidad de talento.
En sectores de alta tecnología, la situación es todavía más evidente.
Querétaro se ha consolidado como uno de los principales polos de desarrollo de centros de datos en América Latina. La inteligencia artificial, la computación en la nube y la economía digital están generando una demanda sin precedentes de infraestructura energética.
Pero los data centers no funcionan con discursos políticos.
Funcionan con energía eléctrica abundante, estable y disponible las 24 horas del día.
Hoy, la capacidad energética se ha convertido en uno de los factores decisivos para determinar dónde se instalarán las inversiones de la próxima década. Cada proyecto que se retrasa por falta de infraestructura eléctrica representa empleos, derrama económica y desarrollo que podrían terminar en otra región o incluso en otro país.
La paradoja es difícil de ignorar.
Querétaro ha hecho su tarea: ha construido un entorno de confianza para la inversión, ha fortalecido sus instituciones, ha desarrollado talento especializado y ha consolidado sectores estratégicos de alto valor agregado.
Sin embargo, buena parte de la infraestructura energética que necesita para seguir creciendo depende de decisiones federales.
Por ello, el riesgo más importante para el futuro económico de Querétaro no proviene de una crisis de confianza, inseguridad o falta de inversión privada. El riesgo está en que una política energética diseñada bajo criterios políticos e ideológicos termine limitando el potencial de crecimiento de los estados más competitivos del país.
La inversión sigue llegando. La confianza no se ha detenido. Las oportunidades derivadas del nearshoring continúan vigentes.
Pero ninguna economía puede sostener su crecimiento si la infraestructura que la soporta deja de expandirse.
La gran pregunta para México ya no es si puede atraer inversiones. La verdadera pregunta es si tendrá la capacidad energética para recibirlas.
Y en el caso de Querétaro, la respuesta podría definir el rumbo económico de la próxima década.
Querétaro hizo su tarea: atrajo inversión, generó confianza, formó talento y construyó un ecosistema competitivo de clase mundial.
Lo que no puede hacer es construir por sí solo la infraestructura energética que corresponde al gobierno federal.
Resulta paradójico que mientras el estado se prepara para competir en la economía de la inteligencia artificial, los centros de datos y la manufactura avanzada, el país siga enfrentando las consecuencias de decisiones energéticas guiadas más por criterios ideológicos que técnicos.
La historia económica de las próximas décadas no la definirán los discursos sobre soberanía energética, sino la capacidad real para producir, transmitir y distribuir electricidad suficiente.
La inversión no se va por discursos. Se va cuando se apagan las luces.