Hace unos días publiqué en mis redes sociales una pregunta que, aunque parecía sencilla, terminó provocando una conversación que vale la pena compartir: ¿qué opinan de la educación que están recibiendo actualmente los estudiantes en las escuelas y universidades de México?
Recibí más de cincuenta respuestas. Aunque cada persona tenía sus propias experiencias y preocupaciones, hubo algo que llamó mi atención: la mayoría expresó una opinión negativa sobre la calidad de la educación. Algunos hablaron de las deficiencias académicas; otros, de la preparación de los maestros, y varios manifestaron preocupación por los contenidos que se enseñan en las aulas.
También hubo quienes defendieron la educación privada como una alternativa para ofrecer mejores oportunidades a sus hijos. Sin embargo, aquella conversación me hizo pensar que, independientemente de cuánto podamos pagar por una escuela, hay una pregunta que todos los padres deberíamos hacernos: ¿realmente estamos preparando a nuestros hijos para enfrentar el mundo que les tocará vivir?
Soy padre de dos adolescentes, de 12 y 14 años, que estudian en una escuela privada. Hacerlo representa un esfuerzo económico importante para nuestra familia, como ocurre con muchos padres que buscan ofrecerles mejores oportunidades. Mi esposa y yo confiamos en que la escuela cumpla con su responsabilidad, pero hemos aprendido que no podemos delegarle por completo la formación de nuestros hijos.
Todos los días conversamos con ellos sobre lo que aprendieron, las tareas que tienen, los temas que les interesan y las dudas que les surgen. A veces terminamos repasando matemáticas; otras, hablando de historia, ciencias, ética o algún acontecimiento que escucharon en clase.
Estas conversaciones me han confirmado que la educación de nuestros hijos es demasiado importante para limitarla a pagar una colegiatura, revisar las calificaciones y esperar que todo salga bien.
Creo que debemos reflexionar sobre cuatro aspectos fundamentales: la calidad de los aprendizajes, los contenidos y la formación del pensamiento crítico, la responsabilidad de los padres y los desafíos que la tecnología plantea para el futuro de nuestros jóvenes.
1. Una crisis educativa que no podemos ignorar
Durante años hemos escuchado discursos oficiales sobre la importancia de la educación, las oportunidades para todos y la necesidad de transformar las escuelas. Sin embargo, los resultados académicos nos obligan a preguntarnos cuánto de ese discurso se ha traducido en aprendizajes reales.
Los resultados de la prueba PISA 2025 para México revelaron los peores puntajes en matemáticas (388 puntos) y comprensión lectora (408 puntos) en más de dos décadas, consolidando un grave retroceso educativo provocado por caídas de 7 puntos en ambas áreas respecto a 2022. La mayor preocupación radica en que el 70% de los estudiantes mexicanos no alcanza el nivel mínimo de competencia en matemáticas y el 50% carece de habilidades básicas en lectura y ciencias, mientras que menos del 1% logra un desempeño de excelencia. Este rezago sitúa al país en el penúltimo lugar de la OCDE.
Detrás de estos porcentajes hay jóvenes que avanzan en su trayectoria escolar sin dominar suficientemente conocimientos que necesitarán para continuar estudiando, incorporarse al mercado laboral y tomar decisiones informadas.
No se trata de desacreditar a todos los maestros ni de desconocer el esfuerzo de quienes trabajan en condiciones difíciles. Hay docentes comprometidos que hacen una labor extraordinaria, muchas veces con recursos limitados. Precisamente por respeto a ellos y a sus alumnos, debemos discutir con seriedad las políticas educativas y los resultados que producen.
La reforma educativa impulsada durante el gobierno de Enrique Peña Nieto buscó establecer mecanismos de evaluación docente y reglas para el ingreso, la promoción y la permanencia en el servicio profesional. La reforma de 2019, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, modificó sustancialmente ese modelo y desapareció el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.
Podemos debatir los aciertos y errores de ambas reformas, pero una cuestión debería estar fuera de discusión: la formación de los estudiantes debe ser el centro de cualquier política educativa, no los intereses políticos o sindicales de quienes administran el sistema.
Los maestros merecen salarios dignos, capacitación continua, mejores condiciones de trabajo y reconocimiento social. Al mismo tiempo, los estudiantes tienen derecho a recibir una educación de calidad y las familias, a exigir resultados.
Tampoco podemos asumir que pagar una escuela privada resuelve automáticamente el problema. Existen excelentes docentes en escuelas públicas y deficiencias en instituciones privadas. El tipo de escuela importa, pero también importan la preparación de los profesores, los métodos de enseñanza, el entorno familiar y las expectativas que tenemos sobre nuestros hijos.
La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto cuesta la educación, sino cuánto están aprendiendo realmente nuestros jóvenes.
2. No basta con aprender: también importa qué aprendemos y cómo lo aprendemos
Mi conversación en redes sociales reveló otra preocupación: algunos padres no solamente cuestionan la calidad académica, sino también la orientación de los contenidos educativos.
En México, los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana han generado un intenso debate. Sus defensores destacan el pensamiento crítico, la inclusión, la igualdad y la relación entre la escuela y la comunidad. Sus críticos cuestionan aspectos de su diseño, la organización de las disciplinas, ciertos enfoques históricos y la posibilidad de que determinadas interpretaciones ideológicas tengan demasiado peso en el currículo.
Considero que estos cuestionamientos merecen una discusión seria, pero también debemos distinguir entre hechos comprobables, interpretaciones y sospechas. Que un programa incluya asuntos sociales o perspectivas críticas no demuestra, por sí solo, que exista adoctrinamiento. La cuestión es cómo se enseñan esos temas, qué evidencias se presentan y si los estudiantes tienen herramientas para examinar distintas explicaciones.
Una educación verdaderamente crítica no consiste en reemplazar una visión del mundo por otra. Consiste en aprender a formular preguntas, contrastar fuentes, reconocer argumentos sólidos y distinguir los hechos de las opiniones.
En casa hemos tenido algunas experiencias que me han hecho reflexionar. En una conversación sobre historia, mis hijos recordaban haber estudiado temas relacionados con el feminismo, la reivindicación indígena y movimientos sociales como Poder Prieto. Sin embargo, justo el día 12 de octubre, cuando les pregunté si les habían comentado sobre la conmemoración de la llegada de Cristóbal Colón a América, me dijeron que no tocaron ese tema en ninguna materia.
No pretendo convertir una conversación familiar en una prueba de que las escuelas están omitiendo sistemáticamente determinados acontecimientos. Tampoco creo que esos temas sociales deban desaparecer de las aulas. Pero sí me parece legítimo preguntar si nuestros jóvenes están recibiendo una formación histórica suficientemente amplia, equilibrada y rigurosa.
La historia de México no puede reducirse a una celebración acrítica del pasado ni a una narración en la que unos personajes representan todo lo bueno y otros todo lo malo. Necesitamos comprender las civilizaciones prehispánicas, la conquista, el virreinato, la independencia, la construcción de la República y las transformaciones contemporáneas. También debemos estudiar sus contradicciones, injusticias, logros y consecuencias.
Lo mismo ocurre con la economía, la política y las ciencias. Los estudiantes deben conocer diferentes corrientes de pensamiento y aprender a evaluarlas con argumentos, no memorizar conclusiones que se espera que repitan.
La escuela debe enseñar a pensar, no decirles a los alumnos qué pensar.
Y los padres tenemos la obligación de interesarnos por los contenidos que reciben nuestros hijos, revisar los materiales, preguntar cómo se abordan los temas controvertidos y dialogar con ellos sin convertir nuestra propia casa en un espacio de pensamiento único.
3. La educación también comienza y continúa en casa
Mi esposa y yo hemos procurado que la formación de nuestros hijos no termine cuando salen de la escuela. No siempre es sencillo: tenemos responsabilidades, horarios y días en los que apenas queda tiempo. Sin embargo, intentamos mantener una conversación cotidiana sobre lo que están aprendiendo.
Les preguntamos por sus clases, sus tareas, los problemas que no entendieron y las ideas que les llamaron la atención. Cuando detectamos alguna dificultad, tratamos de ayudarlos a repasar o buscamos la manera de que comprendan mejor el tema.
También fomentamos la lectura. Les compramos libros que corresponden a su edad y a sus intereses, y procuramos que descubran que leer no es solamente una obligación escolar, sino una forma de explorar otros mundos y entender mejor el nuestro.
Les gustan la mitología griega y romana, así como los relatos bíblicos que hemos comentado desde una perspectiva narrativa y literaria. Estas lecturas nos permiten hablar de personajes, conflictos, decisiones, virtudes, errores y consecuencias. Como familia católica, también procuramos transmitirles nuestros valores, enseñándoles al mismo tiempo a respetar a quienes tienen creencias o convicciones diferentes.
Visitamos museos y lugares históricos. Vivimos durante años en la Ciudad de México y ahora estamos en Querétaro, dos lugares que ofrecen innumerables oportunidades para acercarse a la historia del país. Intentamos aprovecharlas porque una cosa es leer sobre un acontecimiento y otra muy distinta es recorrer un sitio donde podemos imaginar, con mayor claridad, cómo vivieron otras generaciones.
Hemos tenido, además, la oportunidad de acercar a nuestros hijos a especialistas de alto nivel en tecnología para que conozcan distintas profesiones, hagan preguntas y empiecen a pensar en sus opciones académicas.
Nada de esto garantiza que tendrán éxito en todo lo que emprendan, pero sí puede ampliar sus horizontes y darles herramientas para tomar mejores decisiones.
Por supuesto, no todas las familias cuentan con el mismo tiempo, dinero o acceso a recursos culturales. Sería injusto exigirles que sustituyan las deficiencias del sistema educativo. Esa responsabilidad corresponde, en primer lugar, a las instituciones y autoridades que deben garantizar una educación de calidad.
Pero reconocer esa responsabilidad no significa renunciar a la nuestra.
No podemos esperar que una escuela resuelva por sí sola todas las necesidades intelectuales, culturales y emocionales de nuestros hijos. Tampoco podemos conformarnos con que obtengan buenas calificaciones sin preguntarnos si comprenden lo que estudian, si saben expresarse, si pueden defender una idea con argumentos o si han desarrollado curiosidad por aprender.
Pagar una colegiatura no nos exime de ser padres presentes. Y cuando nuestros hijos pasan buena parte del día en la escuela, precisamente por eso necesitamos interesarnos más en lo que ocurre dentro de ella.
Hace poco me encontré en redes sociales con el video de un maestro que aseguraba llevar 18 años frente a un salón de clases. Su testimonio me pareció tan crudo como revelador. Con evidente frustración, resumía su realidad en una frase: «Yo ya no educo. Yo cuido. Yo contengo».
Relataba cómo pedirle a un alumno que hiciera la tarea, guardara el celular o respetara a sus compañeros podía terminar en una confrontación con los padres. Contaba que algunos estudiantes llegaban sin dormir, sin desayunar o sin los materiales necesarios, pero con la expectativa de que el maestro resolviera en unos cuantos minutos todo aquello que no se había trabajado en casa. Y describía cómo, después de repetidas quejas y conflictos, había terminado por hacer lo mínimo indispensable: dar su clase, llenar los formatos, entregar las calificaciones y esperar a que terminara el ciclo escolar.
No conozco las circunstancias particulares de ese maestro ni puedo asegurar que su experiencia represente a todos los docentes. Sin embargo, su testimonio pone sobre la mesa un problema que merece nuestra atención: ¿qué sucede cuando los padres dejan de asumir su responsabilidad educativa y, al mismo tiempo, impiden que la escuela ejerza legítimamente la suya?
Educar no significa evitarles a nuestros hijos cualquier incomodidad, frustración o consecuencia. Significa enseñarles que sus decisiones tienen efectos, que existen reglas que deben respetarse y que cumplir con sus obligaciones es parte de la vida. Un maestro que exige una tarea, establece una norma razonable o pide respeto no está maltratando a un alumno por el simple hecho de incomodarlo.
Por supuesto, los docentes deben tratar a los estudiantes con dignidad, sin humillaciones ni violencia. Pero protegerlos de los abusos no puede convertirse en una excusa para protegerlos también de sus responsabilidades.
Aquí es donde los padres debemos hacer una reflexión incómoda. Cuando un hijo llega a casa quejándose de un maestro, nuestra primera reacción no debería ser asumir automáticamente que el profesor está equivocado y que nuestro hijo tiene la razón. Deberíamos escucharlo, investigar qué ocurrió, contrastar las versiones y ayudarlo a comprender la situación. Defender a nuestros hijos también significa decirles cuando se equivocan.
Mi esposa y yo intentamos mantener esa comunicación cotidiana con nuestros hijos. Revisamos sus tareas, conversamos sobre lo que aprenden y procuramos ayudarlos cuando tienen dificultades. No siempre estamos de acuerdo con todo lo que ocurre en la escuela, pero entendemos que nuestra responsabilidad no termina al pagar la colegiatura. Tampoco podemos exigirle a un maestro que forme por sí solo a nuestros hijos mientras nosotros nos desentendemos de sus hábitos, su conducta y sus obligaciones.
El maestro del video advertía sobre las consecuencias de enseñarles a los jóvenes que cualquier exigencia es una agresión y que siempre habrá alguien dispuesto a resolver sus problemas. Su preocupación apunta a una cuestión fundamental: la escuela también debe preparar para la vida adulta. Y la vida adulta implica cumplir horarios, aceptar críticas razonables, trabajar con personas diferentes, reconocer errores y afrontar las consecuencias de nuestras decisiones.
Si no enseñamos esas capacidades durante la infancia y la adolescencia, no podemos esperar que aparezcan por arte de magia cuando nuestros hijos consigan su primer empleo, ingresen a la universidad o tengan que responder por sus propios actos.
No se trata de volver a una educación autoritaria en la que el maestro siempre tiene la razón y el alumno debe obedecer sin preguntar. Se trata de encontrar un equilibrio entre autoridad y respeto, entre derechos y obligaciones, entre comprensión y disciplina. Los jóvenes necesitan adultos que los escuchen, pero también que sepan establecer límites y sostenerlos.
Amar a nuestros hijos no es evitarles todas las dificultades; es ayudarlos a desarrollar las herramientas para enfrentarlas.
Y eso exige tiempo, atención, congruencia y, en ocasiones, la disposición de tener conversaciones que preferiríamos evitar.
Si queremos mejores maestros y mejores escuelas, también necesitamos mejores hábitos familiares de acompañamiento educativo. No podemos exigir que los docentes hagan bien su trabajo mientras toleramos que nuestros hijos incumplan el suyo. La educación es una responsabilidad compartida, y ninguna reforma, libro de texto o plataforma tecnológica podrá sustituir a los adultos que deciden involucrarse de verdad en la formación de las nuevas generaciones.
4. La tecnología, la inteligencia artificial y el futuro que ya llegó
Hay un último desafío que me preocupa especialmente: nuestros hijos están creciendo en un mundo que cambia a una velocidad extraordinaria.
Son una generación que ha convivido con computadoras, internet, teléfonos inteligentes, plataformas digitales y videojuegos desde edades muy tempranas. Ahora, además, tiene acceso a herramientas de inteligencia artificial capaces de responder preguntas, resumir textos, resolver problemas y producir contenidos en cuestión de segundos.
Según UNICEF México, el acceso a internet entre adolescentes es prácticamente generalizado: el 95.1% de las personas de 12 a 17 años lo utilizaba, de acuerdo con los datos difundidos por el organismo. Es una realidad que abre enormes oportunidades para aprender, crear y comunicarse, pero también plantea riesgos que no podemos ignorar.
Ser nativo digital no significa necesariamente saber utilizar la tecnología de manera responsable. Un adolescente puede dominar una aplicación y, al mismo tiempo, desconocer cómo proteger sus datos personales, identificar una manipulación, reconocer una estafa o reaccionar ante un desconocido que intenta ganarse su confianza.
El ciberacoso y la explotación sexual facilitada por medios digitales son amenazas reales. Por eso, hablar con nuestros hijos sobre sus interacciones en internet no debería ser una conversación excepcional, sino parte de su educación cotidiana.
También debemos prestar atención al tiempo que pasan frente a las pantallas. Las horas dedicadas a videos, transmisiones en vivo y videojuegos pueden desplazar la lectura, el ejercicio, el descanso y la convivencia si no existen límites razonables. No se trata de demonizar la tecnología, sino de enseñarles a utilizarla sin convertirse en dependientes de ella.
La inteligencia artificial añade otro dilema. Si un estudiante le pide a una herramienta que resuelva una tarea y entrega la respuesta sin comprenderla, puede obtener una buena calificación mientras pierde la oportunidad de aprender. Pero si la utiliza para comparar explicaciones, practicar ejercicios, aclarar dudas o explorar nuevas ideas, puede convertirse en una aliada extraordinaria.
La diferencia está en el criterio y en la responsabilidad con que se utiliza.
Además, no sabemos con exactitud cuáles de las profesiones actuales se transformarán o desaparecerán, ni cuáles surgirán en los próximos años. Lo que sí sabemos es que muchas actividades cambiarán y que nuestros hijos necesitarán adaptarse, aprender continuamente y desarrollar capacidades que no se reducen a memorizar información.
Por eso hemos procurado que conozcan a personas que trabajan en áreas tecnológicas y puedan conversar con ellas sobre las oportunidades que se abren, los estudios que podrían necesitar y las habilidades que conviene desarrollar desde ahora.
No pretendemos decidir su futuro por ellos. Queremos que tengan más elementos para elegirlo.
La escuela debe contribuir a esa preparación, pero las familias también tenemos que enseñarles a pensar con autonomía, comunicarse con claridad, resolver problemas, trabajar con otros y utilizar las nuevas herramientas sin renunciar a su propio esfuerzo intelectual.
Educar es una responsabilidad que no podemos delegar
Vuelvo a la pregunta que hice en redes sociales y a las respuestas que recibí. Más que ofrecer un diagnóstico definitivo de la educación mexicana, aquella conversación me dejó la impresión de que existe una preocupación compartida: muchos padres dudan de que las escuelas estén preparando suficientemente a sus hijos para la vida que les espera.
Esa preocupación merece algo más que discusiones partidistas o promesas de nuevas reformas. Necesitamos medir los aprendizajes, fortalecer la preparación docente, mejorar los contenidos, garantizar el pluralismo y exigir que las decisiones educativas respondan al interés de los estudiantes.
Pero también necesitamos revisar nuestras propias actitudes. ¿Sabemos qué leen nuestros hijos? ¿Conocemos los temas que estudian? ¿Conversamos con ellos sobre sus dudas? ¿Les enseñamos a distinguir información de propaganda y conocimiento de ocurrencias? ¿Les ayudamos a desarrollar hábitos que les permitan aprender incluso cuando ya no estén en la escuela?
No todos podemos ofrecerles las mismas oportunidades, pero todos podemos reconocer que su educación merece atención, tiempo y compromiso.
Mis hijos todavía tienen mucho por aprender. Nosotros, como padres, también. No tengo la pretensión de contar con todas las respuestas ni de pensar que nuestra experiencia familiar puede aplicarse a todas las familias. Pero sí estoy convencido de que no podemos permanecer al margen y confiar ciegamente en que alguien más hará todo el trabajo.
El futuro de nuestros hijos no depende exclusivamente de la escuela, del gobierno o de la tecnología. Depende también de las herramientas intelectuales, los valores y la capacidad de adaptación que logremos ayudarles a desarrollar.
La pregunta no es solamente si nuestros hijos están pasando de grado o consiguiendo buenas calificaciones. La pregunta verdaderamente importante es si están aprendiendo lo necesario para comprender el mundo, participar en él y construir su propio futuro.
Educar no consiste únicamente en preparar a los jóvenes para aprobar el siguiente examen o para obtener alguna calificación. Consiste en prepararlos para una vida que todavía no conocemos y para un mundo que no dejará de cambiar.