Hay carreras públicas que evolucionan. Y luego está el caso de Santiago Nieto, quien decidió llevar la transformación personal hasta sus últimas consecuencias: pasó de investigar políticos a querer convertirse en uno.
Su trayectoria se construyó bajo la imagen del técnico independiente, del hombre que seguía la ruta del dinero. Transferencias, empresas, propiedades, operaciones financieras: nada escapaba a la mirada de quien hizo del combate a las irregularidades financieras la esencia de su personaje público.
Pero el poder no sólo se investiga. También se disputa. Y los investigadores, al parecer, lo saben mejor que nadie.
La asimetría de la austeridad
Por un lado, Nieto pertenece a un movimiento que convirtió la austeridad en bandera política. Por otra parte, apareció en una boda de gran exposición en Guatemala mientras esa misma bandera ondeaba detrás de él.
Lo curioso de la asimetría es que no hizo falta una sentencia para que doliera. La política tiene esa particularidad incómoda: la percepción pública nunca espera un fallo judicial para emitir el suyo.
Y ahí, exactamente ahí, apareció la segunda grieta: los cuestionamientos sobre su propio patrimonio. Que investiguen el patrimonio de otros es su oficio. Que cuestionen el suyo es la ironía.
Deben respetarse, desde luego, la presunción de inocencia y las resoluciones que en su momento correspondan. Pero una campaña no se libra en los tribunales. Se libra en la percepción, y en la percepción la coincidencia rara vez es gratuita.
El cazador bajo los reflectores
Ese fue siempre el riesgo de cambiar de trinchera: tarde o temprano, el investigador termina bajo investigación política. No la de un juez. La de sus adversarios, que ya deben estar preguntándose si todas las pesquisas de su paso por la UIF respondieron al mismo criterio o si la posición política del investigado también pesaba, aunque fuera en la percepción.
No hace falta resolver esa pregunta con evidencia. En campaña, basta con plantearla.
El fiscal que ahora quiere votos
Ésta es la contradicción de fondo. Antes investigaba a quienes querían el poder. Ahora lo quiere él.
¿En qué momento termina el funcionario técnico y empieza el político profesional? La respuesta importa más de lo que parece rumbo a 2027, porque no es lo mismo construir legitimidad desde una oficina pública que construirla frente a los ciudadanos. En el primer caso hay facultades. En el segundo, votos. Y los votos tienen la costumbre desagradable de hacer preguntas.
A eso se suma su personalidad pública: combativa, confrontativa, permanente en la disputa. Fortalece a los propios. Pero también desgasta, y queda por verse si Nieto logrará ampliar su apoyo más allá de quienes ya celebran cada batalla, o si su propio estilo terminará siendo su techo.
Porque ganar una discusión no siempre significa ganar una elección.
Santiago Nieto llegará a cualquier proyecto electoral cargando el personaje que construyó durante años. El investigador tendrá que explicarle al político. Y el funcionario que perseguía políticos tendrá que pedirles el voto para convertirse en uno de ellos.
Sus adversarios no necesitarán inventar una narrativa.
Les bastará con recordar la suya.
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