martes, 8 de septiembre de 2026

Querétaro pone el ejemplo

¿Y si gobernar no fuera repartir culpas, sino asumir responsabilidades?

Esa pregunta, tan simple que incomoda, es la que separa al modelo de Querétaro de lo que Morena ha querido vender como receta única para México. Por un lado, un gobierno federal que explica cada tropiezo apelando al pasado, al neoliberalismo, a los conservadores, a la prensa o a los jueces. Por otra parte, un gobierno estatal que ha optado por algo menos vistoso pero infinitamente más útil: medir el problema, decidir y hacerse cargo del resultado. Lo curioso es la asimetría: uno administra un relato: el otro, un estado.

Mauricio Kuri llega a su quinto informe con cifras, no con consignas. Más de 139 mil millones de pesos de inversión en 233 proyectos. Más de 63 mil empleos derivados de ella. Una reducción de 59% en pobreza extrema y de 48% en pobreza general. Un sistema de transporte que pasó de 457 unidades a más de mil y que escaló del lugar 24 al segundo nacional en satisfacción de usuarios. Cerca de cuatro mil millones de pesos en casi 400 obras de infraestructura. Son datos verificables, no eslóganes de tarima.

Y sin embargo, aquí aparece la falsa dicotomía que el oficialismo repite hasta el cansancio: que hay que elegir entre crecer y cuidar a la gente, entre invertir y ser justos, entre el mercado y el pueblo. Querétaro desarma esa trampa con algo tan sencillo como incómodo: crecimiento con responsabilidad social. No hace falta convertir al gobierno en empresario para que la economía funcione; basta con que garantice seguridad, certeza jurídica e infraestructura para que otros inviertan y generen empleo. Parece obvio. No siempre lo es.

## El espejo que Morena prefiere no mirar

Morena tiene, hay que decirlo con honestidad, una fortaleza política real en sus programas sociales. Negarlo sería tan absurdo como negar que existe el sol. Millones de personas reciben apoyos concretos y los agradecen. Pero ahí está la pregunta incómoda que nadie en Palacio Nacional quiere responder: ¿qué ocurre cuando la transferencia permanente se convierte en la única idea de desarrollo de un país?

Un país no puede repartir indefinidamente una riqueza que no crece al mismo ritmo. Hacen falta programas sociales, sí, pero también inversión en lugar de dependencia, productividad en lugar de asistencialismo eterno, educación de calidad en lugar de exámenes cuestionados por incómodos. Porque ahí está el otro contraste: mientras México retrocede en PISA 2025 con 388 puntos en matemáticas, por debajo del promedio de la OCDE, la respuesta oficial no es preguntarse qué está fallando en las aulas, sino cuestionar el examen que lo revela. Resulta difícil mejorar aquello que se considera una ofensa diagnosticar.

En salud pasa algo parecido. El Seguro Popular fue criticado y desapareció. Llegó el INSABI como la gran promesa y también desapareció. Cambian los nombres, se mantiene la pregunta de millones de familias: ¿hay medicamentos, médicos y atención cuando se necesitan?

Querétaro, mientras tanto, sigue construyendo en lugar de demoler. El Sistema Batán y las inversiones en tratamiento y reúso de agua no resuelven un problema real y creciente por arte de magia, pero parten de una premisa que a Morena parece costarle trabajo entender: es preferible discutir hoy las soluciones que descubrir mañana que ya es tarde.

## Congruencia, esa palabra incómoda

Y luego está la seguridad, terreno donde ningún discurso alcanza para maquillar la realidad: el crimen organizado conserva capacidad territorial, económica y política, y la inseguridad sigue entre las principales preocupaciones ciudadanas del país.

Frente a eso, Mauricio Kuri propuso un Protocolo Antinarcocandidatos. La idea incomoda justamente porque es sencilla: quien aspire a administrar recursos públicos y tomar decisiones de seguridad debería estar dispuesto a demostrar que no tiene nada que ocultar. Kuri no se limitó a proponerlo desde la comodidad del discurso. Se sometió él mismo a una prueba de control de confianza.

Eso, en política, se llama congruencia. Una palabra poco usada cuando resulta más cómodo exigir transparencia desde la tribuna que practicarla en carne propia.

La pregunta de fondo no es si un polígrafo resuelve el problema del crimen organizado en la política. Evidentemente no. La pregunta es otra: ¿están los partidos —empezando por el que gobierna la mayor parte del territorio nacional— dispuestos a construir filtros reales para impedirle el paso al crimen organizado? Porque el poder no sólo debe conquistarse: debe merecerse.

Querétaro tampoco es perfecto. Tiene pendientes de crecimiento urbano, movilidad, agua y desigualdad que no desaparecen con un informe bien presentado. Negarlo sería caer en lo mismo que tantas veces se le critica al oficialismo: confundir la propaganda con la realidad. Pero una cosa es reconocer los problemas y otra, muy distinta, es negar los resultados.

Una carretera funciona o no funciona. Un estudiante aprende o no aprende. Un hospital atiende o no atiende. El agua llega o no llega. La seguridad se garantiza o se pierde. Y la pobreza disminuye o aumenta.

Los resultados no tienen ideología. Por eso Querétaro resulta tan incómodo para quienes insisten en que sólo existe un camino posible para gobernar México.

Porque sí existe otro camino. Y en Querétaro, hasta ahora, los resultados tienen la incómoda costumbre de hablar por sí mismos.

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