martes, 7 de julio de 2026

El país que cabe en un estadio


Nunca fui un gran futbolero.

De niño, en el viejo Instituto Queretano —el Molino, como todavía le dicen muchos queretanos— las clases de educación física siempre terminaban igual: una cascarita. Pero el verdadero partido comenzaba antes, cuando había que formar los equipos.

Todavía recuerdo esa sensación incómoda de esperar a que alguno de los dos capitanes pronunciara tu nombre. Nunca entendí quién los nombraba ni por qué ellos decidían quién jugaba con quién. Lo único que importaba era no ser el último. O peor aún, que nadie te escogiera.

Con los años mi familia regresó a vivir a la Ciudad de México y entré al Colegio Tepeyac. Ahí descubrí que podía correr igual que cualquiera, que no era malo para el fútbol y que incluso disfrutaba jugarlo. Lo que nunca entendí fue esa necesidad de algunos de vivir cada partido como si el destino del mundo dependiera del marcador.

Mis mejores recuerdos del fútbol, en realidad, no tienen que ver con una cancha.

Tienen que ver con mi abuelo.

Americanista de toda la vida, cada domingo nos sentábamos frente al televisor para ver jugar al América. Hoy entiendo que el fútbol era apenas un pretexto. Lo importante era compartir el tiempo.

Después llegó 1986.

México todavía intentaba levantarse de la tragedia de los terremotos de 1985, pero de pronto el país entero comenzó a hablar un solo idioma: el del Mundial.

Recuerdo a Pique, aquel chile con sombrero; el comercial de la Chiquitibum; el álbum Panini; las monedas conmemorativas; las calles vacías cuando jugaba México; la ilusión de ver a Hugo Sánchez hacer una de sus inolvidables chilenas; las banderas ondeando en cada esquina y esa extraña sensación de pertenecer a algo mucho más grande que uno mismo.

También recuerdo los penales contra Alemania.

Todavía duelen.

No sé si la nostalgia embellece los recuerdos o si de verdad existía un país menos enojado que el de hoy. Tal vez sea simplemente uno de esos trucos de la memoria que nos hacen creer que todo tiempo pasado fue mejor.

Lo cierto es que entonces sentía que el fútbol nos unía.

Hoy no estoy tan seguro.

Cuarenta años después, México vuelve a recibir una Copa del Mundo.

Ahora son mis hijos quienes tienen la edad que yo tenía en aquel verano de 1986. Y mientras ellos viven la emoción que corresponde a su generación, yo no puedo evitar mirar alrededor.

Veo un espectáculo infinitamente más grande, más costoso y más rentable.

Pero también mucho más vacío.

Todo parece estar en venta.

La camiseta nacional sirve para vender cerveza, refrescos, botanas, casas de apuesta, bancos, automóviles o cualquier producto imaginable. Los boletos alcanzan precios que millones de mexicanos jamás podrán pagar. La reventa opera con una impunidad casi ofensiva. El negocio parece importar más que el deporte.

Y mientras los estadios se llenan, el país sigue cargando sus propias derrotas.

En 1986 México apenas comenzaba a levantarse de la tragedia. Hoy convivimos con otra, menos visible para el mundo, pero mucho más prolongada: cientos de miles de homicidios, decenas de miles de personas desaparecidas, madres buscadoras recorriendo el país, fosas clandestinas, hospitales sin medicinas, escuelas con carencias y una sociedad cada vez más polarizada.

Resulta imposible no pensar que, mientras miles de aficionados cantan en los estadios, muy cerca de ellos hay familias buscando los restos de un hijo.

Durante noventa minutos, sin embargo, pareciera que nada de eso existe.

Quizá por eso nunca me ha gustado escuchar a quienes narran un partido como si fuera una guerra. Hablan de enemigos, de humillaciones, de defender el honor de la patria, como si ganar un encuentro resolviera nuestros problemas o perderlo significara una tragedia nacional.

Y lo más preocupante es que, muchas veces, terminamos creyéndolo.

Basta ver las celebraciones multitudinarias en el Ángel de la Independencia. Lo que debería ser una fiesta termina con frecuencia convertido en caos: calles cubiertas de basura, actos vandálicos, enfrentamientos, estampidas y, en esta ocasión, incluso personas que perdieron la vida aplastadas por la multitud. Es difícil entender cómo una celebración deportiva puede terminar costando vidas humanas.

Luego vienen las redes sociales.

He visto videos de aficionados llorando desconsoladamente por la eliminación de la Selección Mexicana. Gritan, se desploman, insultan, rompen objetos y expresan un dolor que cuesta imaginar que muchos experimentarían incluso ante la pérdida del ser más querido. No cuestiono la emoción; el deporte emociona y esa es parte de su grandeza. Lo que me inquieta es la desproporción.

¿Qué nos está pasando para depositar semejante carga emocional en el resultado de un partido?

El deporte nació para representar lo mejor del ser humano: disciplina, esfuerzo, respeto, trabajo en equipo, fortaleza, creatividad, inteligencia y superación.

Pero el enorme negocio que hoy gira alrededor del fútbol profesional también ha terminado por exhibir, muchas veces, lo peor de nosotros.

Intereses económicos descomunales. Decisiones arbitrales permanentemente cuestionadas. Calendarios acomodados por razones comerciales. Dirigentes opacos. Derechos de transmisión multimillonarios. Patrocinios que convierten la pasión en mercancía. Una industria que con demasiada frecuencia coloca las ganancias por encima de los valores que dice promover.

No es culpa del fútbol.

Es el resultado de lo que hemos construido alrededor de él.

Un equipo de fútbol no define nuestra identidad nacional. Una victoria no convierte a un país en una mejor sociedad, ni una derrota debería afectar nuestra autoestima colectiva.

Y, sin embargo, actuamos como si así fuera.

Lo hemos convertido en una industria capaz de mover miles de millones de dólares, influir en gobiernos, paralizar ciudades, incentivar consumos excesivos de alcohol, justificar gastos irracionales y canalizar frustraciones personales y colectivas que terminan en insultos, agresiones o tragedias.

No tengo nada contra quien celebra un gol.

Tampoco contra quien viste con orgullo la camiseta de la Selección.

Lo que me inquieta es que, con demasiada frecuencia, depositamos en once jugadores una esperanza, una identidad e incluso una estabilidad emocional que deberíamos construir en otros lugares: en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras instituciones y en nosotros mismos.

Quizá ahí esté la verdadera pregunta.

¿Por qué un partido de fútbol logra despertar en millones de personas emociones que casi nunca aparecen frente a los problemas que realmente determinan nuestro futuro?

¿Por qué somos capaces de gastar fortunas para asistir a un estadio, de llorar desconsoladamente por una eliminación o de salir a celebrar hasta poner en riesgo la vida propia y la de otros, pero no de exigir con la misma pasión mejores escuelas, hospitales, seguridad o justicia?

Tal vez porque emocionarse resulta más sencillo que comprometerse.

Porque durante noventa minutos podemos olvidar la realidad.

Pero la realidad nunca se olvida de nosotros.

Cuando se apague el último reflector, cuando termine el Mundial y las calles vuelvan a la normalidad, México seguirá jugando el partido más importante.

Y ese no se gana con un gol en tiempo de compensación.

Se gana —o se pierde— todos los días, con las decisiones que tomamos como ciudadanos y con aquello a lo que decidimos dedicar nuestra pasión.

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