Hay una teoría política fascinante que ha ganado adeptos en ciertos círculos de Morena: si algo sale mal, la culpa es del PAN; si algo sale bien, también es culpa del PAN, pero porque logró ocultar que salió mal. Es una teoría elegante, circular y, sobre todo, inmune a la evidencia.
Durante años Morena nos ha tratado de explicar que Querétaro vive dentro de una gigantesca ilusión colectiva. Que los empleos son un espejismo, que las inversiónes son indeseables, que la seguridad es una campaña de relaciones públicas y que los ciudadanos, pobrecitos, aún no despertaban de su letargo panista. Sin embargo, ocurre algo inconveniente para los fabricantes de realidades alternas: los datos siguen desbaratando su relato.
Al parecer la realidad tiene la pésima costumbre de no participan en sus asambleas ideológicas.
Mientras Morena intenta convencernos de que Querétaro está al borde del colapso, miles de personas siguen llegando al estado buscando exactamente aquello que, según sus críticos, no existe: oportunidades, empleo, estabilidad y calidad de vida.
La paradoja es extraordinaria. Si uno escuchara únicamente a ciertos dirigentes morenistas, pensaría que Querétaro es una mezcla entre desastre humanitario y simulación institucional. Pero luego uno observa que el estado continúa atrayendo inversión, creciendo económicamente y generando empleos, y la narrativa empieza a parecerse más a una novela de realismo mágico que a un diagnóstico político.
Lo curioso es que quienes acusan al PAN de vivir en una burbuja suelen habitar una aún más sofisticada. Una donde cada encuesta favorable es ciencia exacta y cada encuesta desfavorable es una conspiración oligárquica. Una donde las derrotas son victorias morales y las victorias ajenas son producto de una manipulación cósmica del universo.
El caso de las encuestas merece un capítulo aparte.
Cuando una medición favorece a Morena, estamos ante la voz sagrada del pueblo. Cuando la misma metodología favorece al PAN, descubrimos repentinamente que las encuestas son instrumentos de propaganda diseñados por fuerzas oscuras.
Es una postura intelectualmente cómoda: siempre tienes razón porque los datos sólo son válidos cuando coinciden contigo.
Mientras tanto, la dirigencia panista en Querétaro recibe una crítica peculiar: hablar demasiado de Morena.
El argumento parece razonable hasta que uno recuerda un detalle menor. Morena lleva más de dos décadas construyendo su identidad política precisamente hablando de sus adversarios. De hecho, gran parte de su ascenso nacional se edificó denunciando a gobiernos anteriores, cuestionando instituciones y señalando supuestos abusos de poder.
Resulta difícil sostener que la crítica política es una obligación democrática cuando la practica Morena, pero una obsesión enfermiza cuando la ejerce la oposición.
La democracia funciona exactamente al revés: quien gobierna debe estar preparado para ser cuestionado.
Y aquí aparece el verdadero problema para Morena.
Porque el debate ya no gira exclusivamente alrededor de promesas futuras. También gira alrededor de resultados presentes.
Los gobiernos emanados de la llamada Cuarta Transformación enfrentan preguntas incómodas sobre seguridad, crecimiento económico, servicios públicos y gobernabilidad en distintas regiones del país. No porque alguien lo invente, sino porque los ciudadanos observan la realidad todos los días.
Por eso resulta tan llamativo ver a ciertos liderazgos morenistas queretanos comportarse como si todavía fueran oposición nacional, cuando su movimiento controla la Presidencia de la República, una mayoría de gobiernos estatales y una enorme capacidad institucional.
Es el fenómeno del opositor profesional atrapado en el cuerpo del oficialismo.
Gobiernan como gobierno, pero argumentan como oposición.
Critican al sistema mientras administran buena parte del sistema.
Se deslindan de los problemas nacionales mientras concentran el poder nacional.
Y cuando aparecen contradicciones, siempre existe una explicación disponible: la culpa es de alguien más.
Mientras tanto, en Querétaro ocurre algo mucho más terrenal.
El PAN enfrenta desafíos reales, desgaste natural después de décadas de gobierno y una elección que probablemente será la más competida de su historia reciente. Pero precisamente por eso resulta llamativo que parte de la estrategia morenista siga consistiendo en esperar que el desgaste haga todo el trabajo.
La historia electoral está llena de partidos que confundieron el cansancio del adversario con el entusiasmo propio.
No son lo mismo.
Porque una cosa es que algunos ciudadanos quieran cambios, y otra muy distinta es que hayan decidido quién debe encabezar esos cambios.
La elección de 2027 no será un concurso de eslóganes ni una competencia de hashtags. Será una comparación entre dos modelos políticos.
Uno apostará por la continuidad de la estabilidad, la inversión y la gobernabilidad.
El otro apostará por la promesa de transformación.
Y entonces llegará el momento más cruel de toda democracia: cuando las narrativas tengan que enfrentarse con los hechos.
Ahí ya no habrá encuesta que rescate una mala estrategia, ni discurso que sustituya resultados.
Y como suele ocurrir en política, el ciudadano terminará haciendo algo profundamente injusto para los propagandistas de todos los colores: votar según lo que ve, no según lo que le cuentan.
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