El 29 de junio de 1986, millones de personas vieron a Diego Maradona levantar la Copa del Mundo en el Estadio Azteca. Para muchos fue el final perfecto de un Mundial inolvidable. Yo, en cambio, cada vez que vuelvo a esa imagen, no puedo evitar pensar que me habría gustado ver a Alemania levantando ese trofeo. No porque desconozca la calidad de aquel equipo argentino ni el talento irrepetible de Maradona, sino porque los legados más importantes no siempre se construyen con goles. A veces se construyen con valores, con ejemplos y con las huellas que se dejan fuera de la cancha.
La escena más famosa de México 86 no fue una jugada brillante, sino una infracción. La llamada "Mano de Dios" se convirtió en uno de los momentos más celebrados de la historia del fútbol. Durante décadas se ha descrito como una muestra de ingenio, de astucia o de esa picardía que algunos consideran parte esencial del juego. Sin embargo, detrás de la leyenda permanece un hecho innegable: fue una acción contraria a las reglas que terminó otorgando una ventaja decisiva. Y como si la falta no fuera suficiente, alguien decidió bautizarla nada menos que como "la Mano de Dios". Siempre me ha parecido una curiosa forma de entender lo divino: convertir una infracción en milagro y una trampa en motivo de veneración. Tan extraño como llamar Dios a un futbolista. Uno pensaría que la omnipotencia exige algo más que una buena zurda y un árbitro distraído. El problema no fue el error arbitral. El problema fue convertir la trampa en epopeya. Cuando una falta se transforma en leyenda, la línea que separa el talento de la deshonestidad comienza a difuminarse.
Y, sin embargo, sería profundamente injusto reducir la influencia argentina en México a ese episodio. Si algo ha dejado claro la historia de nuestro fútbol es que la aportación argentina ha sido enorme. Jugadores como Zelada, Brailovsky, Mohamed y muchos otros elevaron el nivel competitivo de la liga mexicana. Entrenadores como Menotti y La Volpe trajeron ideas modernas, orden táctico y una personalidad que ayudó a México a mirar de frente a las grandes potencias futbolísticas. Gracias a esa influencia, nuestro fútbol aprendió a competir con mayor convicción y menos complejos.
Pero toda influencia trae consigo una responsabilidad: saber distinguir qué vale la pena imitar y qué no. Junto con las virtudes también llegaron prácticas menos admirables. Poco a poco se volvió común ver jugadores que buscaban el contacto en lugar de evitarlo, futbolistas que caían como si hubieran sido alcanzados por un rayo y se recuperaban milagrosamente en cuanto el árbitro decidía no señalar la falta. Se normalizaron las protestas constantes, la provocación al rival y la idea de que cualquier ventaja era válida si ayudaba a ganar. No son conductas exclusivas de Argentina ni representan a todos los argentinos. Pero sí forman parte de una cultura futbolística que México adoptó con demasiada facilidad.
Algo similar ocurrió en las tribunas. Las barras argentinas impresionaban por su pasión, creatividad y capacidad para generar ambientes espectaculares. Muchos grupos mexicanos intentaron reproducir esa energía. El problema fue que no sólo se copiaron los cantos, los bombos y las banderas. También se importaron expresiones de confrontación y agresividad que terminaron alejando a muchas familias de los estadios. Resultó que importar la pasión era sencillo; importar la responsabilidad para administrarla no tanto.
Todo esto conduce a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué hace verdaderamente grande a un deportista? ¿Los títulos? ¿Los récords? ¿Los goles? Sin duda son parte de la respuesta. Pero no toda. Los deportistas ocupan un lugar privilegiado en la imaginación colectiva y terminan influyendo en millones de jóvenes. Por eso, cuando hablamos de ejemplos, no basta con observar lo que hacen durante noventa minutos. También importa lo que hacen durante el resto de su vida.
Y es precisamente ahí donde la figura de Maradona se vuelve más compleja. Su talento fue extraordinario, pero su trayectoria estuvo marcada por problemas de adicciones, sanciones por dopaje, escándalos personales, conflictos familiares y una abierta simpatía hacia figuras políticas como Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Nada de esto elimina sus logros deportivos. Tampoco debería ocultarse. Admirar sus virtudes futbolísticas no obliga a ignorar los aspectos más cuestionables de su vida pública. Después de todo, los héroes deportivos deberían inspirar a los jóvenes a perseguir sus sueños, no a coleccionar escándalos para acompañarlos.
Tal vez uno de los errores más frecuentes de nuestra época sea confundir éxito con virtud. Suponemos que quien alcanza la fama merece admiración en todos los ámbitos. Pero la historia está llena de personas extraordinarias en su profesión y profundamente deficientes en otros aspectos de su vida. El talento es admirable. El carácter también. La diferencia es que el primero puede ganar partidos; el segundo ayuda a construir sociedades mejores.
Por eso resulta interesante observar lo que ocurrió después de México 86. Argentina dejó recuerdos imborrables, momentos de gloria y una conexión emocional con muchos aficionados mexicanos. Pero más allá de la memoria futbolística, no existe un legado social duradero asociado a aquella selección. No surgieron programas permanentes de apoyo comunitario, proyectos de asistencia social o vínculos institucionales de largo plazo derivados de su estancia en México. Su herencia fue esencialmente deportiva.
Alemania escribió una historia distinta. Durante México 86 estableció su centro de operaciones en Querétaro, particularmente en la histórica Mansión Galindo, en San Juan del Río. Lo que comenzó como una simple concentración mundialista terminó convirtiéndose en una relación de afecto y gratitud con la comunidad queretana. Los jugadores convivieron con habitantes de la región, visitaron instituciones locales y conocieron una realidad social que los llevó a involucrarse más allá de la cancha. De esa experiencia nació una relación de apoyo con la Casa Cuna Oasis del Niño y otras iniciativas sociales que, de manera directa o indirecta, continuaron recibiendo respaldo durante décadas. Cuarenta años después, aquella historia sigue siendo recordada en Querétaro no por un gol ni por una victoria, sino por una cadena de solidaridad que sobrevivió mucho más que cualquier resultado deportivo. Mientras unos dejaron recuerdos, otros dejaron además una obra.
Quizá por eso México 86 sigue siendo relevante cuarenta años después. No porque nos obligue a elegir entre Argentina y Alemania, ni porque nos exija decidir quién fue el mejor futbolista de todos los tiempos. Sigue siendo relevante porque plantea una pregunta mucho más importante: ¿qué estamos dispuestos a admirar y qué estamos dispuestos a imitar? México hizo bien en aprender del fútbol argentino. Lo que no siempre hizo bien fue distinguir entre lo admirable y lo cuestionable. La verdadera madurez, en el deporte y en la vida, consiste precisamente en eso: adoptar lo bueno y rechazar lo malo. Porque las personas, los equipos y las sociedades terminan pareciéndose a aquello que deciden celebrar.
Excelso 👌🏻
ResponderBorrar