La ironía es brutal: nunca un gobierno habló tanto de “transformar conciencias” mientras destruía tan rápido las bases reales del aprendizaje.
Basta mirar los resultados. México obtuvo en PISA 2022 sus peores niveles en matemáticas desde 2003. Dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan competencias básicas. Lectura y ciencias siguen muy por debajo del promedio de la OCDE. Millones de alumnos abandonaron las aulas tras la pandemia. La desigualdad digital exhibió que el Estado ni siquiera podía garantizar conectividad mínima para estudiar.
Pero tranquilos: la prioridad de la SEP era cantar “lero lero maromero” en Palacio Nacional.
Porque si algo definió la política educativa de Andrés Manuel López Obrador y después de Claudia Sheinbaum fue la sustitución sistemática del rigor académico por narrativa política.
La llamada “Nueva Escuela Mexicana” nunca logró explicar con claridad qué problema educativo resolvía realmente. Lo que sí logró fue convertir a la SEP en un laboratorio ideológico donde el mérito académico comenzó a verse sospechoso, las matemáticas se relativizaron y el “aspiracionismo” se transformó casi en pecado político.
Ahí apareció Marx Arriaga Navarro, convertido en profeta pedagógico de la 4T, atacando mérito, excelencia y modelos occidentales mientras el sistema educativo mexicano se desplomaba internacionalmente.
La contradicción era grotesca:
mientras países competían por inteligencia artificial, ciencia y tecnología,
México discutía si aprender matemáticas era “neoliberal”.
Y como todo proyecto político necesita sus escenas simbólicas, llegó el momento de Ana María Prieto Hernández cantando “lero lero maromero” para defender los nuevos libros de texto.
Difícil imaginar una metáfora más precisa de la educación bajo la 4T: menos pensamiento crítico, más performance ideológico.
La crisis de los libros de texto durante la gestión de Leticia Ramírez Amaya probablemente resume mejor que nada el modelo entero. Libros con errores, improvisaciones, opacidad metodológica, reducción de contenidos científicos y una carga ideológica tan evidente que hasta jueces y gobiernos estatales intervinieron.
Pero la SEP respondió como siempre: todo era culpa de “los conservadores”.
Porque en la lógica de la 4T, si los estudiantes no aprenden matemáticas, seguramente también es culpa del neoliberalismo.
Mientras tanto, las figuras históricas que construyeron la educación mexicana deben revolcarse en sus tumbas.
José Vasconcelos imaginó una SEP capaz de alfabetizar y elevar culturalmente a un país entero.
Jaime Torres Bodet impulsó campañas nacionales de lectura y libros de texto con rigor institucional.
Jesús Reyes Heroles veía la educación como instrumento de formación intelectual profunda.
La 4T, en cambio, entregó:
propaganda,
improvisación,
confrontación ideológica,
y TikTok pedagógico de Estado.
La secuencia de secretarios de Educación parece diseñada por un guionista de sátira política.
Esteban Moctezuma Barragán inició desmontando la reforma previa mientras negociaba con la CNTE y construía una “Nueva Escuela Mexicana” tan ambigua que nadie terminó de entenderla completamente.
Luego vino Delfina Gómez Álvarez, marcada permanentemente por el escándalo de los “diezmos” en Texcoco: descuentos salariales ilegales a trabajadores para financiar a Morena. Exactamente el tipo de prácticas que la 4T prometía erradicar.
Después llegó Leticia Ramírez Amaya, cuya administración quedó asociada a la crisis de libros de texto, errores pedagógicos y confrontación abierta con especialistas.
Y finalmente apareció Mario Delgado Carrillo, probablemente el símbolo definitivo de cómo la SEP terminó subordinada completamente a la lógica político-electoral de Morena.
Porque Mario Delgado no llegó como educador. Llegó como operador político.
Y además rodeado de señalamientos mediáticos sobre presuntas ligas indirectas con operadores relacionados con huachicol, financiamiento irregular y personajes investigados en Estados Unidos por posibles vínculos con estructuras criminales.
Aunque no existan condenas judiciales directas contra él, el simple hecho de que el titular de Educación arrastre ese tipo de sospechas ya describe perfectamente el nivel de degradación institucional alcanzado.
La polémica del calendario escolar en 2026 terminó de retratar el escenario completo:
contradicciones públicas entre Mario Delgado y Claudia Sheinbaum,
rumores de modificar clases para evitar protestas magisteriales durante el Mundial,
y la percepción de que la SEP ya no organizaba la educación nacional, sino la administración mediática de crisis políticas.
Todo mientras millones de estudiantes siguen atrapados en rezago educativo.
Pero la devastación no terminó en la educación básica.
La ciencia mexicana también fue golpeada brutalmente.
La eliminación de 109 fideicomisos científicos en 2020 representó uno de los mayores ataques institucionales contra la investigación en décadas. Universidades y centros científicos denunciaron abandono, precarización y persecución ideológica.
La relación de la 4T con la Universidad Nacional Autónoma de México terminó convertida en confrontación política permanente. López Obrador acusó a la UNAM de “neoliberal”, mientras Hacienda aplicaba recortes o “errores técnicos” multimillonarios al presupuesto universitario.
Todo esto mientras el gobierno destinaba cantidades gigantescas de recursos a:
Dos Bocas,
Tren Maya,
y megaproyectos políticos.
La señal fue clarísima: para la 4T, construir refinerías era prioritario; construir conocimiento, no tanto.
Las Universidades para el Bienestar Benito Juárez García representan quizá la metáfora perfecta de toda esta tragedia:
sedes inexistentes,
alumnos sin títulos,
instalaciones precarias,
problemas legales,
y egresados atrapados durante años sin poder ejercer profesionalmente.
Pero eso sí: el nombre sonaba extraordinariamente bien en campaña.
En cultura ocurrió exactamente lo mismo.
Paco Ignacio Taibo II convirtió el Fondo de Cultura Económica en extensión directa de la polarización política nacional.
Entre ataques a intelectuales, declaraciones misóginas, confrontaciones públicas y acusaciones de favoritismo, la política cultural terminó funcionando más como aparato ideológico que como espacio plural.
Y los medios públicos —Canal Once y Canal 22— acabaron atrapados entre despidos, propaganda, censura y programas diseñados para ridiculizar adversarios políticos usando recursos públicos.
Toda la narrativa de la 4T sobre educación puede resumirse en una frase: hablaron como revolucionarios pedagógicos mientras administraban uno de los peores deterioros educativos de las últimas décadas.
Y quizá lo más grave es que el daño no será inmediato solamente.
Los errores de un gobierno en infraestructura pueden corregirse en años. Los errores económicos pueden ajustarse relativamente rápido.
Pero destruir aprendizaje, debilitar ciencia y convertir la educación en campo ideológico deja consecuencias generacionales.
Porque mientras la 4T peleaba contra “conservadores”, “aspiracionistas” y “neoliberales”, el resto del mundo siguió avanzando en:
tecnología,
innovación,
inteligencia artificial,
ciencia,
competitividad,
y educación avanzada.
México, en cambio, terminó atrapado discutiendo si exigir excelencia académica era opresión burguesa.
Esa es quizá la herencia más peligrosa de la Nueva Escuela Mexicana: no sólo haber debilitado contenidos educativos, sino haber sembrado una profunda desconfianza hacia el mérito, el conocimiento técnico y la excelencia intelectual.
Y un país que comienza a desconfiar del conocimiento termina inevitablemente gobernado por la propaganda.
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